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Octavo día de la Novena

Hoy es el penúltimo día de la novena, mañana por la noche celebramos navidad, tiempo propicio, para que Cristo nazca y renazca dentro de nosotros y para lo cual no bastan los pesebres exteriores, sino que además es necesario arreglar la pesebrera interior de nuestras almas para recibir al hijo de Dios. 

Les proponemos en este 8 día de la novena, que pensemos a fondo en dos temas del mundo contemporáneo que por no estar muy bien sopesados en la mentalidad dominante son en la actualidad grietas y abismos donde emergen profundos dolores y muchas angustias, el tema es ¿cómo equilibrar lo viejo y lo nuevo?, cómo ponerlos a dialogar y que aprenda el uno del otro, los valores como la disponibilidad.

Un dicho latino dice de forma muy elocuente cómo debemos comportarnos frente al paso de los tiempos: Nova et vetera, lo nuevo y lo antiguo. Este es un principio de sabiduría que implica que honremos y respetemos lo viejo, pero que al mismo tiempo le demos paso a lo joven. Así como saludamos los nacimientos, debemos respetar lo que muere porque la vida consta de ambos verbos: nacer y morir, comenzar y terminar, ser joven y devenir anciano.

El principio vale para todos los actos de la vida: innovar es tan esencial como saber preservar la tradición. La educación formal se funda en ese preciso y precioso equilibrio por el cual lo que heredamos del pasado se trasmite y se renueva en los procesos de enseñanza y de aprendizaje.

Toda unilateralidad es proclive a ser nociva. Y es lo que ocurre en el mundo contemporáneo cuando se exaltan la infancia y la juventud a costa de denigrar de la madurez y de la ancianidad. Muchos jóvenes se burlan de los viejos como si la vida no los empujara hacia allá. Y es terrible que esto sucede con particular saña en la escuela, venerar a los padres y respetar a los mayores son principios para medir si una sociedad es sana o no.

Nova et vetera, lo joven y lo viejo: ello implica que el joven respete y ame al viejo y que el viejo enseñe y guíe al joven. Tantos jóvenes que andan descarriados por falta de escuchar los consejos sabios de los viejos. Tantos ancianos que se van muriendo a escondidas por falta del afecto de sus descendientes.

Ello también implica equilibrar la velocidad y la lentitud. La aceleración es propia de los jóvenes, la calma lo es de la ancianidad.

Curémonos de nuestros egoísmos y aprendamos a ver en los ancianos la voz de la sabiduría de lo antiguo y en contrario sentido a apreciar en el despunte de los niños y de los jóvenes el reverdecer de las comunidades.  Arauca necesita que los ancianos y jóvenes dialoguen mucho, se enriquezcan mutuamente, eduquen en el valor de la disponibilidad, que significa que siempre y cuando tengamos el tiempo y los recursos necesarios para brindar una colaboración a otro, lo hagamos, sin esperar nada a cambio, a ejemplo de la Virgen María.